domingo 1 de noviembre de 2009

Lecciones del Festival de Cine de Valdivia: Diversidad, abundancia y la consolidación del cine chileno de autor


Por Felipe Bello

1era Parte

Hace una semana finalizó el 16° Festival Internacional de Cine de Valdivia. Si bien es cierto que el Festival de Cine de Viña del Mar es el más antiguo del país (data de 1967) y que en los últimos años el Festival de Cine b y sobretodo el Sanfic (Festival de Cine de Santiago) se han consolidado como festivales importantes, el certamen valdiviano sigue siendo el más influyente en cuanto a tendencias nacionales y latinoamericanas.

Desde 1999 he asistido a este festival de manera ininterrumpida, por lo tanto lo primero que llamó mi atención al recibir la programación de este año, fue la gran presencia de largometrajes nacionales. No recuerdo otra edición del Festival, en que la cinematografía local estuviera tan profusamente representada. Tal vez el año que más se le asemeje sea la edición del año 2005, donde se reinstaló el concepto del “Nuevo Cine Chileno”, término ya utilizado para el cine nacional de finales de la década de los 60’s, a partir de la exhibición de las películas En la cama de Matías Bize, La Sagrada Familia de Sebastián Lelio, Play de Alicia Scherson, Mi mejor enemigo de Alex Bowen y en menor medida de Se Arrienda de Alberto Fuguet.

Día 1 Ceremonia de Apertura: Ilusiones Ópticas

El primer día de Festival contempla sólo la exhibición de un par de películas en el curso de la tarde, que en realidad sirven para terminar los ajustes de la ceremonia inaugural. Este año los encargados de dar el vamos fueron Alvaro Rudolphy y Valentina Vargas, ambos protagonistas de la película llamada a abrir el certamen: Ilusiones Ópticas del director Cristián Jiménez.

Ilusiones Ópticas transcurre casi íntegramente en la ciudad de Valdivia. Por primera vez el Festival se inaugura con un filme que se desenvuelve en la ciudad que lo alberga. Jiménez, valdiviano y sociólogo de profesión, se propone contraponer los cambios que experimenta la ciudad con la vida de sus habitantes, que asumen estas diferencias desde los discursos que se han instalado desde la macro cultura. Es así como personajes de distintas clases sociales y con diferentes aspiraciones, se entrecruzan para tratar de dar cuenta de cómo los ciudadanos de la región, asumen los cambios culturales que les impone la sociedad actual.

El mosaico de personajes y el tipo de humor empleado recuerda al cine de Wes Anderson (Los Excéntricos Teneenbaum, La Vida Acuática de Steve Zissou), pero sin lograr construir personajes empáticos, que pese a sus rarezas, logren cautivar de manera convincente al espectador. En el plano de la propuesta fotográfica, a cargo de Inti Briones, se reconocen las influencias de Aki Kaurismäki (Un hombre sin pasado). El plano fijo, la geometría del encuadre, la frontalidad, la poca profundidad de campo y la parte por el todo, es decir encuadrar un escritorio con un computador, para dar cuenta de una oficina más grande, aparecen como recursos estéticos habituales en esta película.

A pesar de ser un filme muy propositivo, creo que le falta conexión con la ciudad en que transcurre. Finalmente el que Valdivia sea el telón de fondo sobre el cual se desenvuelve el argumento, pasa a ser casi una anécdota. En los personajes tampoco encontramos nada propio de los valdivianos, parecen ser más bien personajes impuestos en un contexto que no les pertenece, que no les es propio. Aún así, no deja de ser un buen aporte, para la diversidad de cine chileno que se está produciendo actualmente.

Día 2: La arremetida del cine nacional

A partir del segundo día, la programación del festival se despliega como una carta de menú, en donde el espectador puede escoger lo que quiere consumir. Las posibilidades que se ofrecen en esta oportunidad son muy diversas e irremediablemente entra en juego el no siempre bien ponderado criterio subjetivo del “gusto”. Es así como este año destacan -más allá de la selección oficial- la clase magistral y retrospectiva de la obra del animador norteamericano Bill Plympton; una muestra de cine francés relacionada con mayo del 68’, denominada Ecos del 68; una retrospectiva de la obra del documentalista Ignacio Agüero y el estreno de Nucingen Haus la última película de Raúl Ruiz.

Mi jornada empieza a las 11:30 en la Sala Juan Downey del MAC con Lejos de Vietnam, particular película filmada a mediados de la década de los 60’s por los más destacados directores de la nueva ola francesa, con la excepción de Truffaut. Es así como a partir de una idea de Chris Marker (La Jetée, Sans Soleil), directores como Jean-Luc Godard, Alain Resnais y Claude Lelouch entre otros, crean 12 segmentos documentales, experimentales y ficcionales en relación a Vietnam. La película funciona de manera dinámica, pasando de una obra a otra, sin que se note una fragmentación, como suele ocurrir en este tipo de obras que aglomeran a muchos directores. De alguna manera funciona de manera orgánica, eso sí dejando en claro el sello y el estilo personal de cada director. Este rasgo de diferenciarse de los demás en la manera de hacer cine es fundamental para el cinematografía francesa de esta época, llegando a constituir una clasificación particular: “cinéma de auteur” o cine de autor, en desmedro de las películas que obedecen a criterios de producción y a estándares más convencionales. Sin lugar a dudas, Lejos de Vietnam, es un muy buen referente de este multifacético período del cine francés, muy distinto a la realidad actual de la cinematografía de ese país.

Al caer la tarde me traslado al Aula Magna para el estreno de Mandrill, la tercera producción de la dupla Marco Zaror - Ernesto Díaz. El primero, como protagonista exclusivo de las películas dirigidas por Díaz (Kiltro, Mirageman). Por lo general no soy un asiduo a los filmes de acción y artes marciales, pero desde la primera película de esta dupla, los he seguido con atención, tanto por parecerme que tienen una convicción plena por un género que no tiene antecedentes en la cinematografía de nuestro país, como por reconocer el potencial creativo de su trabajo. Fiel a su estilo, la historia nos presenta al personaje interpretado por Zaror, como un caza recompensa que quiere vengar la muerte de su padre (otro caza recompensa). Es así como a partir de las enseñanzas de su tío y de la serie favorita de su padre (John Colt, una versión estilo Batman de los 60’s de la vida de un James Bond de segunda) lo harán emprender el viaje del héroe en busca de la venganza. Guardando las proporciones de la comparación, la película recuerda a ratos a Kill Bill tanto en su estructura dramática que -a través de numerosos flashbacks al momento traumático de la infancia- nos va develando paulatinamente información acerca del pasado del personaje; como en la paralización de la imagen con el consecuente teñido de ésta en los momentos cúlmines.

La película presenta desde sus inicios una gran factura técnica. La mezcla sonora resalta los golpes y la voz estereofónica del protagonista, además de una música que nos recuerda constantemente las series norteamericanas de acción de las décadas de 1960 y 1970. La dirección de fotografía y cámara a cargo de Nicolás Ibieta colorea las escenas dependiendo del estado interior del protagonista, frías y verdosas para el pasado y cálidas en el momento de interactuar con la mujer de la cual se enamora. También destacan los movimientos de cámara, utilizando mucho dolly, pluma, grúa y grips, los que la hacen ver como la mejor de las películas norteamericanas de acción. Por último, no deja de ser llamativo, el que una gran parte del metraje transcurra en Lima, una ciudad tan cercana a Santiago, pero que no había estado presente en ninguna película chilena anterior. Mandrill es sin duda mejor que sus predecesoras, pero sigue formando parte del conjunto, podemos reconocer en ella una serie de operaciones formales y narrativas que se han ido puliendo, en otras palabras podemos reconocer al autor o a los coautores (Zaror-Díaz) en cada una de sus obras.

Para finalizar la jornada me dirijo al Cine Movieland a ver Navidad, el segundo largometraje de Sebastián Lelio (La Sagrada Familia). Creo que siempre es difícil después de hacer una muy buena película, atreverse a realizar la siguiente. Para mi gusto, un ejemplo de esto es Andrés Wood, quien tardó cuatro años para hacer La buena vida, después del éxito de Machuca. Algo similar ocurre en caso de Sebastián Lelio, quien tras el éxito de su primer largometraje se dio un par de años para realizar su próximo proyecto. Iba un poco prejuiciado a ver esta película, porque había durado poco en las salas de cine y porque no había escuchado muchos comentarios al respecto, sin embargo me sorprendí.

Sebastián Lelio vuelve a poner el acento en los personajes y en las relaciones que se ocultan bajo la apariencia. En este caso no se trata de hacer un gran discurso crítico de la familia chilena, sino de tomar un micro mundo, el de una pareja de pololos (novios), para hablar de muchos temas que circundan a la sociedad chilena actual. Al igual que en su opera prima, destacan con mucha fuerza las interpretaciones de los actores. Otra vez Manuela Martelli convence con gran destreza y los debutantes en la pantalla grande -Alicia Rodríguez y Diego Ruiz- aportan complejidad y verosimilitud con sus actuaciones. La propuesta fotográfica sigue siendo la cámara en mano, pero ahora mucho más controlada que en su debut. Otro punto que llama la atención es la banda sonora que de alguna manera evoca a su primer film. Todos los elementos anteriormente expuestos, hacen que uno identifique a Navidad con La Sagrada Familia, no como una copia o como una segunda parte, sino como partes distintas de un mismo cuerpo, en otras palabras, se puede reconocer la mano de Sebastián Lelio como el director de ambas obras.

(fin… de la primera parte)

martes 13 de octubre de 2009

Mi vida con Carlos


Mi vida con Carlos / Germán Berger Hertz / Chile-España / 2008 / 81 minutos / Premio del jurado al mejor documental y premio del público, Festival de Cine Latinoamericano de Biarritz 2009.


Por María José Bello

Son las 9 de la mañana en el auditorio del Casino, lugar de proyección de la competencia documental del Festival de Cine Latinoamericano de Biarritz. Más de cien escolares franceses asisten junto a sus profesores de español al primer pase de Mi vida con Carlos, documental del director chileno residente en Barcelona, Carlos Berger. Los jóvenes se instalan en el segundo piso del auditorio y yo paso a sentarme en el primero junto al resto del público general. Unas 200 personas asisten a la función. La sinopsis presenta esta historia como "el viaje de un hijo en busca de la memoria de su padre asesinado en dictadura". Pienso que es impresionante el interés que existe en Europa por las temáticas relativas a las dictaduras latinoamericanas y la importancia que se les da a éstas en la formación de los estudiantes desde muy temprana edad. Pienso también que en Chile estamos a años luz de este proceso, sobre todo a nivel del tratamiento de este periodo histórico en clases. No me imagino a cuatro profesoras llevando un día martes a las 9 de la mañana a sus alumnos a ver un documental sobre los estragos de la dictadura de Pinochet. Sin quitarle mérito a lo que me toca presenciar, relativizo la situación pensando que siempre es más fácil analizar, juzgar y estudiar la historia ajena, y que los franceses tienen muy poco asumidos episodios propios como la guerra de Argelia y menos aún temas contemporáneos como la falta de integración de los inmigrantes y la segregación y la violencia que este fenómeno conlleva.

Comienza el documental y los estudiantes se mantienen atentos a la historia de Germán, chileno de 37 años, hijo de la abogada Carmen Hertz y de Carlos Berger, asesinado cuando el realizador tenía un año de vida. La película se hará acreedora del premio del jurado al mejor documental y del premio del público al mejor documental del certamen francés, una semana después de este primer pase ante el público.

Mi vida con Carlos combina dos cualidades que cautivan al espectador desde el comienzo: la emotividad del guión y la calidad cinematográfica. Estamos ante una historia personal, sincera, profunda. Hay alusiones a la dictadura y a los procesos históricos, pero lo importante es lo que ocurrió en el seno de una familia luego del golpe de estado y cómo se puede sobrellevar el hecho de crecer sin conocer a su padre.

La película entera es un proceso de introspección y de búsqueda, un duro, pero sanador recorrido por el pasado que permitirá al director confrontarse a sus fantasmas y contribuir a la construcción de la memoria familiar, así como también a la memoria de todo un país. Y pese a la melancolía que atraviesa el relato, encontramos también una esperanza, un mensaje redentor que se sustenta en la capacidad de superación de la adversidad por parte del protagonista.

El documental cuenta con una dirección de fotografía impecable a cargo de Miguel Littin Menz. La imagen es cuidada, poética, sugerente. Los videos y las fotografías de archivo se integran perfectamente en un relato narrado desde el presente, un presente en el que algunos de los personajes del pasado ya han partido, y otros se han quedado para hablar y recordarlos.

domingo 4 de octubre de 2009

La muerte como parodia


Cinco días sin Nora / Mariana Chenillo / México / 2008 / 92 minutos / Premio al mejor largometraje, Festival de Cine Latinoamericano de Biarritz 2009

Por María José Bello

Cinco días sin Nora -la ópera prima de la directora mexicana Mariana Chenillo- se hizo acreedora en el día de ayer del premio “Abrazo” al mejor largometraje del Festival de Biarritz 2009. En la competencia del certamen participaban diez largometrajes latinoamericanos, de los cuales siete eran primeras películas. Durante la presentación de su filme en Biarritz, Chenillo explicó que es una historia en gran parte autobiográfica, basada en el suicidio de su abuela. Y que como se trata de un tema difícil, le pareció que la mejor manera de abordarlo era a través del humor.

El filme comienza con la muerte de Nora, una mujer de edad avanzada que vivía sola en su departamento. El primero en encontrar el féretro es Juan, su ex-marido, de quien se había separado hace más de veinte años. A éste parece no importarle lo que acaba de descubrir, es casi como si lo hubiera estado esperando. Luego sabremos que Nora había llevado a cabo una seguidilla de intentos de suicidio tras años con depresión. Deseaba morir desde hace mucho, y en esta ocasión estaba segura de lograrlo por lo que dejó todo preparado para su entierro que se realizaría en las festividades judías de Pésaj.

La llegada de un rabino al departamento con el propósito de ayudar a que el entierro se lleve a cabo según las tradiciones judías, generará un punto de quiebre en la trama. A partir de entonces Juan hará todo por oponerse a la voluntad del rabino y luchará por llevar a cabo el sepelio como él quiere, aunque esto le lleve a confrontarse con su hijo y buena parte de la familia.

En un encuentro con el público Mariana Chenillo señaló que su película ha tenido una buena acogida en México donde se estrenó hace dos semanas en salas comerciales. Sin embargo, comenta que la lectura del público y de la crítica se ha centrado mucho en el tema religioso y que si bien es algo que está presente a lo largo y ancho de la historia, es un pretexto para abordar la relación de Nora y Juan. Su historia de amor, separación y reconciliación tras la muerte de ella.

La película cuenta con una muy buena calidad técnica, pero peca de convertirse a ratos en teatro filmado. Como el 90% de la historia ocurre en un mismo departamento, resulta un desafío lograr una riqueza en el trabajo de cámara. Y pese a que Chenillo trabaja el fuera de campo, genera algunos recorridos por los pasillos, etc, la mayor parte del tiempo sólo recurre al plano y contraplano. Otro pequeño reparo se puede hacer en términos de guión. Si bien el filme tiene muchos momentos divertidos, no pasan de ser momentos. La atención se mantiene gracias a estas situaciones absurdas y contradictorias que van apareciendo en el transcurso del metraje, y también gracias a los diálogos y a las confrontaciones entre los diferentes actores de la historia, pero falta un hilo conductor más fuerte, una mayor profundidad o verdadera transformación de cada personaje, para evitar que algunos de ellos se encuentren al límite del estereotipo.

Cinco días sin Nora es una película intimista que cobra universalidad al revelar los típicos dramas familiares. Es una historia trágica y divertida, dulce y agraz. Un velorio, al igual que los demás ritos de la vida, es un momento en el que afloran las diferencias religiosas, las deudas del pasado, los secretos. Se trata de un encuentro que rápidamente se convierte en desencuentro, para finalmente encontrar un equilibrio final.

A la espera de un milagro

El cuerno de la abundancia / Juan Carlos Tabío / Cuba-España / 2008 / 117 minutos /Premio del público Festival de Biarritz 2009

Por Ignacio del Valle

Juan Carlos Tabío la considera una película “muy triste” y, sin embargo, la audiencia que llenaba la enorme sala de la Gare du Midi, la noche de la inauguración del festival de cine latinoamericano de Biarritz, rió a carcajadas durante buena parte de la proyección de El cuerno de la abundancia; razón por la cual no dudó en otorgarle el premio del público al largometraje cubano. Una acogida algo menos entusiasta, pero igualmente risueña tuvo el filme hace seis meses en la noche de clausura de los Rencontres Cinémas d’Amérique Latine, en Toulouse. En el Festival de la Habana la suerte también sonrió a Tabío, pues su última película contó con la acogida calurosa del público.

Si su objetivo fue llegar al corazón de la audiencia, Tabío puede estar más que satisfecho. Y, sin embargo, los motivos de su éxito parecen abrir paso a una aparente contradicción: el público ríe allí donde el realizador prefiere entristecerse. Pero el cubano le quita hierros al asunto de la manera más humilde posible: afirmando, como lo hizo en Biarritz, que un director quizá no es quien mejor entienda su propia película.

Más allá de sus palabras, la razón de esta “contradicción” entre los sentimientos del realizador y los del público habría que encontrarla en la película misma. Aunque El cuerno de la abundancia ha sido concebida en clave de comedia, esconde un mensaje profundamente amargo, el de una colectividad que se aferra a la más pueril de las esperanzas para salir de la miseria. Una comunidad que ve caer del cielo un milagro que parece prometerles ese porvenir mejor que la vida cotidiana les niega. Un futuro donde los muros de sus casas no se caigan a pedazos, donde padres e hijos no tengan que dormir en la misma habitación, donde el aceite no sea escaso, donde los niños no usen zapatillas rotas. Una Cuba, en suma, donde las estrecheces se terminen a pesar de la existencia de embargos y regímenes eternos.

La llegada de un aparente milagro que se vuelve una espada de doble filo, ha sido tratado con anterioridad en otra película latinoamericana, El baño del papa (Uruguay, 2007). El filme de César Charlone y Enrique Fernández tiene indudables similitudes con El cuerno de la abundancia, pero si en El baño… el esperado “milagro” –qué apta es la palabra en este caso- viene de la mano de una visita de Juan Pablo II a una ciudad de Uruguay, en la Cuba más o menos laica de Tabío ese milagro toma la forma de una herencia inesperada. Quizá lo más triste de los dos filmes sea que, en ambos casos, se trata de historias basadas en la vida real. La familia Castiñeiras de El cuerno de la abundancia recibe la noticia de que hay una antigua fortuna de tiempos de la Colonia de la que son herederos y se lanza al dudoso proyecto de reclamarla. Con otros apellidos, el mito de la herencia millonaria, ha rondado por Cuba desde la década de los cuarenta. Y lo que es más increíble, Juan Carlos Tabío durante el rodaje de la película recibió llamados telefónicos de supuestos “herederos” y una que otra amenaza.

La materia prima del filme –esa historia absurda, amarga y real- podría haber dado pie para un filme cáustico, ácido, quizás incluso corrosivo. Un retrato grotesto y patético (“grotético” como diría Pino Solanas) de una sociedad que ha perdido la esperanza. Pero Tabío desecha esa posibilidad y opta por una comedia simplona, fácil, cuajada de obviedades. El filme se construye a partir de exageraciones y personajes planos (salvo el principal, encarnado por Jorge Perugorría). En la película campean a sus anchas las secuencias saturadas de actores que gritan al borde de la histeria y están a punto de caer –y de hecho caen- en los abismos del sketch. A ello hay que añadirle una larga seguidilla de escenas de cama y de actrices que enseñan sus encantos a la cámara a la primera ocasión. Y también a la segunda, tercera y cuarta. No quiero que se me malinterprete, no se puede sino defender la riqueza que puede otorgarle un desnudo al cine, cuando está bien empleado. Sin embargo aquí el cuerpo se vuelve soso y todo intento de erotismo o picardía se hunde en una simpleza rampante que termina por producir cierto hastío. Algo similar a lo que sucedía con esas comedias pseudo-eróticas del destape español, a fines de los años setenta.

En último término el problema no está en el desnudo en sí, ni tampoco en la idea original del filme. El problema de El cuerno de la abundancia radica en que se nos da todo masticado, no se nos sugiere nada y no se tiene ninguna confianza en la inteligencia del destinatario. Es esta obsesión por la obviedad, sin duda, la que lleva a Tabío a desterrar de su filme el fuera de campo. En El cuerno de la abundancia todos los elementos importantes aparecen indefectiblemente delante de la cámara, en el campo visual. La porción de espacio que la cámara no capta carece de importancia para el realizador, para el mundo que narra y para sus personajes. La consecuencia es un filme compuesto de escenas centrípetas, frontales e incluso cerradas, que recuerdan a una mala obra de teatro o a una telenovela.

Jean-Christophe Berjon, el director artístico del Festival de Biarritz, presentó a Juan Carlos Tabío como el más importante director cubano actual. No se trata en absoluto de una exageración, aunque habría que incluir también a Fernando Pérez. Berjon nombró dentro de la filmografía de Tabío dos películas fundamentales: Guantanamera (1995) y Fresa y chocolate (1993). Lo que no se mencionó en ese momento, aunque sí se haría después, fue que esos dos filmes fueron codirigidos por Tabío junto al gran Tomás Gutiérrez Alea. La verdad es que comparar El cuerno de la abundancia con Guantanamera o con Fresa y chocolate sería un ejercicio de una crueldad insoportable. Tomás Gutiérrez Alea –Titón o mejor dicho titán- ya no está con nosotros y Tabío se encuentra muy lejos de la calidad que alcanzó con esos filmes. Es de esperar que el cine cubano consiga mantener la herencia dejada por realizadores desaparecidos como Titón, como Humberto Solás (cuyo filme Lucía es citado en El cuerno de la abundancia), como Sara Gómez, Santiago Álvarez y tantos otros. Sería lamentable que el camino abierto por ellos se pierda y que una cinematografía tan rica como la cubana se hunda. Sería lamentable, en fin, que los cineastas cubanos terminen al igual que la familia Castiñeiras esperando un milagro para poder resurgir de las cenizas y recobrar el inmenso tesoro que les dejaron sus antepasados.


domingo 20 de septiembre de 2009

El secreto de sus ojos, filme y memoria

El secreto de sus ojos / Juan José Campanella / Argentina-España / 2009 / 129 min

Por Ignacio del Valle

Con el caluroso aplauso de un público que casi llenaba la sala principal del Auditorio Kursaal terminó este domigo el primer pase para público y prensa de El secreto de sus ojos, del cineasta argentino Juan José Campanella. El entusiasmo era tal que se hacía difícil salir del enorme recinto, entre el remolino de gente que comentaba la intensa historia que acababa de ver. El filme, la única producción latinoamericana que compite en la Sección Oficial del quincuagésimo séptimo Festival de San Sebastián, ha logrado la extraña proeza de gustar por igual a crítica especializada y audiencia. Como es natural, por este solo hecho, en más de un medio se ha deslizado que podría obtener la Concha de Oro del festival. Pero no conviene jugar a adivino, sobre todo cuando aún queda mucho, pero mucho certamen por delante. Eso sí, quizás no esté de más aclarar que el entusiasmo que ha suscitado el filme en Donostia es plenamente compartido al otro lado del Atlántico: en Argentina la nueva cinta del realizador de El hijo de la novia (2001) ha sido vista por alrededor de un millón doscientas mil personas, en poco más de un mes.

El filme nos presenta a Benjamín Espósito (Ricardo Darín) un ex empleado de la justicia argentina que al jubilar decide escribir una novela sobre un antiguo caso, nunca del todo resuelto: la violación y asesinato de una joven, 25 años atrás. Para Espósito adentrarse en el caso significa reabrir heridas, forzar reencuentros y revivir el amor que algún día sintió por Irene, su jefa (Soledad Villamil). El secreto de sus ojos se presenta, así, como una seguidilla de flash backs en los que el pasado siempre terminará determinando al presente.

La película, que se basa en la novela La Pregunta de sus Ojos de Eduardo Sacheri, mezcla thriller, romance y altas dosis de humor. El secreto de El Secreto… aquello que explica su enorme éxito, quizás reside en la sabia combinación de estos tres elementos, a los que se une el buen ritmo y la inteligencia de su trama y sus diálogos. En pocas palabras: la clave está en un excelente guión del tándem Sacheri & Campanella-guionista. Sobre la base de ese guión, Campanella-director lleva a cabo una puesta en escena de factura clásica (no confundir con repetida) que resulta enormemente eficaz.

La cámara privilegia los primeros planos, lo que da una fuerte carga emotiva al filme y permite el lucimiento de Darín, Villamil y Godino, sobre todo en las escenas de tensión. El Secreto de sus ojos, es así un filme de miradas, que se erigen como un subtexto que puede contradecir el sentido literal de las palabras o ir donde ellas no se atreven a llegar. Miradas a las que el filme interroga, con obsesión. Desde los sobrecogedores ojos de una chica muerta, hasta aquel vistazo de soslayo que una cámara ha petrificado en un álbum de fotos, cada una de esas miradas está allí por algo, se abre como un misterio, como un testimonio de un pasado al que el protagonista trata de aventurarse. La fuerza de ese pasado se volverá cada vez más potente a medida que Espósito va ahondando en él. El suyo es un ejercicio de reconstrucción que presenta aristas y que por ello mismo es extremadamente dual, de tal manera que en ciertos aspectos podrá ser vivido como una nueva oportunidad para reconstruir su vida y, en otros, como un acercamiento al abismo, casi una actualización de los aspectos más oscuros, más inconfesables e irremediables del pasado.

El problema de la memoria marca todo el filme. Evitar que el pasado desaparezca es la obsesión de algunos de sus personajes. “No sé si es un recuerdo o el recuerdo de un recuerdo”, le confiesa el marido de la chica asesinada al protagonista. A su alrededor, salvo Espósito todo está en fuera de foco, es como si el universo borroso e inasible que le rodea remarcara esa imposibilidad de aprehender lo que se ha perdido. La escasa profundidad de campo que caracteriza algunos pasajes del filme –sobre todo al comienzo- puede entenderse, así, como una metáfora de esa dificultad para mirar con claridad hacia atrás.

El tema de la memoria ha sido planteado reiteradamente en el cine argentino, tras la dictadura. Desde La historia oficial (1985), hasta títulos recientes como Cordero de Dios (2008), la cinematografía de ese país ha abordado esa temática desde distintos puntos de vista: el de los torturados, los exiliados, sus hijos, sus parejas, y a veces también el de los hijos y parejas de los torturadores. El secreto de sus ojos no abre, pues, una nueva vertiente. Por su parte, la opacidad de la justicia argentina también se ha tratado con anterioridad en el cine de ese país.

Quizás la originalidad del filme esté en tratar esos dos temas antes de la dictadura de la Junta Militar, es decir, durante el oscuro gobierno de María Estela Martínez. Sin embargo, más allá de ambientar una parte de la película en esa época y hacer alusión implícita a las temibles AAA, el filme no se preocupa por retratar la división del país. Espósito, su amigo Sandoval e Irene parecen estar por encima de esa división, no toman nunca partido, ni expresan opinión alguna, como si nada de la tensión social les afectara lo mas mínimo durante buena parte de la historia. Pareciera como si no vivieran en esa Argentina, como si no vibraran o sufrieran con ella. Es ahí donde el ejercicio de memoria (no el de Espósito, sino que el de Campanella) falla. Es ahí donde el filme peca de poca sinceridad, porque aunque sus protagonistas intentan rescatar la memoria, la cinta como tal prefiere olvidar ciertos aspectos del pasado o, al menos, eludirlos. No se trata con esto de hacer un llamado a que se reinstauren las visiones políticas de entonces, sino a que éstas sean abiertamente asumidas. Quizás con ello El secreto de sus ojos no sería sólo una película que habla sobre la “memoria”, sería, además, un filme que hace memoria, es decir que “recuerda”. La diferencia es menor, quizás sólo un matiz, como también hay un matiz entre un muy buen filme y un filme excelente.

No más partes usadas, luto en el cine mexicano




Por Carlos Paz

Efraín, Pedro, Gabriel, Ramiro, Gusanito, Tito, todos ellos nombres ficticios que pertenecen a una sola persona: Alan Chávez. Los medios lo describieron como una joven promesa del cine mexicano y aunque su naturalidad para la actuación así lo demostraba, ahora nunca lo sabremos.

No intentaré hacerme preguntas sobre cómo fue o por qué pasó; otros se ocuparán de ello. Ocurrió, punto. Y la noticia nos deja con un mal sabor, el amargo sabor de un recuerdo, el recuerdo de buenos momentos.

Es difícil hablar de alguien a quien tan sólo conociste un poquito, con quien compartiste un pedazo de tiempo y lugar. Cuando lo tuvimos en Toulouse descubrimos al joven, niño-adulto, escondido detrás de los personajes que interpretó. Vino a conocer, a hablar de su trabajo, de su experiencia, de sus proyectos. Y nosotros lo conocimos también más allá de la pantalla, y pudimos constatar que había mucho de él –de la persona– en cada uno de esos personajes. Lo escuchamos hablar y notamos la madurez de sus palabras y al mismo tiempo la euforia y el entusiasmo de la juventud.

En su paso por esta ciudad conocimos la otra cara del actor, una sonriente y que no llevaba maquillaje. La de un joven inquieto por vivirlo todo y con muchos sueños por delante. Conocimos la cara de alguien que quería hacer cine, pero también seguir una carrera universitaria, “para tener algo seguro”. Voces inocentes, partes usadas, amaneceres oxidados, el muro de al lado… títulos de películas que toman un sentido diferente ante la noticia. Dos de ellas aún por estrenarse. Y una más, que me hace pensar otro poco en el significado de la vida: Somos lo que hay…

Hoy está en otra zona. Ha terminado para él la película de la vida y empieza otra nueva, una que ya no podremos ver. Tal vez compartir.

Hasta pronto Alan. Buen viaje.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Dawson Isla 10: una mirada desde la vivencia


Por Felipe Bello

La última película de Miguel Littin, Dawson Isla 10 es una obra que se puede analizar a partir de diversas aristas. Hay quien pudiera escribir un ensayo acerca de la memoria histórica y establecer cierta analogía con el cine documental de Patricio Guzmán. Otro pudiera hurgar en la cinematografía nacional, para encontrarse con una gran diversidad de miradas y opciones estéticas que han sido utilizadas por los directores para presentar el Chile de los años de la dictadura: lo turbio y degradado en Tony Manero de Pablo Larraín y la mirada infantil y pulcritud técnica en Machuca de Andrés Wood sólo por nombrar las más recientes, pero sin duda habría que incluir La Luna en el Espejo de Caiozzi, Imagen Latente de Perelman, Amnesia de Justiniano y la inolvidable La Frontera de Ricardo Larraín. Por otro lado, hay quien pudiera poner en duda, el que este tema siga siendo atingente a los tiempos actuales y lo sospechoso de su estreno en un año en que se celebran elecciones presidenciales.

Más allá de todas estas opciones, la tarea de analizar y criticar el filme se vuelve doblemente compleja al haber participado en éste. A pesar de haber ejercido un cargo menor como asistente de producción, las imágenes están ineludiblemente asociadas al momento en que fueron rodadas y a todo el grupo humano que se conformó para sacar adelante el proyecto. Por lo tanto esta crítica estará atravesada, más que de costumbre, por la subjetivización de la mirada. Una mirada que va más allá de la del espectador, para adentrarse en la práctica del quehacer cinematográfico.


El 20 de agosto del año 2008 una comitiva compuesta por aproximadamente 50 personas (32 del equipo técnico/18 actores) partió del Aeropuerto Arturo Merino Benítez de Santiago rumbo a Punta Arenas, ciudad ubicada en el extremo austral del continente. Tras almorzar en la ciudad, zarpamos junto a nuestros equipajes, equipos y materiales necesarios para la puesta en escena, en un buque de la Armada chilena. Tras siete horas de navegación atravesando el estrecho de Magallanes finalmente llegamos a la isla Dawson.

La sensación de aislamiento al llegar a la isla es inevitable. No existe señal de celular, tampoco hay Internet y los únicos habitantes del lugar son miembros de las fuerzas armadas. A partir de entonces y parafraseando al sargento Malacueva, uno de los personajes de la película, uno debe acostumbrarse a la privación de ciertas libertades. El comandante que nos recibe, nos expone a través de un Powerpoint las reglas del lugar: Que la luz se corta a la 12:00 de la noche, que está prohibido beber al interior de la base, que la comida se sirve a tal hora y que existen ciertos lugares de la isla que no podemos visitar. Es el primero de veinticinco días que pasaremos allí.

La película de Littin se inicia con los ex ministros allendistas, ahora prisioneros de guerra, llegando a la isla. En sus caras hay temor. Cada uno acarrea un pequeño equipaje, ya que nadie les dijo que los llevarían tan lejos, ni por tanto tiempo. En total, los prisioneros pasarán entre nueve y diez meses confinados en ese lugar, que paradójicamente el gobierno de Allende había entregado meses antes del golpe, a la Armada.

Fortalezas y debilidades

El director de fotografía y operador de cámara es Miguel Ioann Littin, hijo del director de la película. Con una decena de películas bajo el brazo, Miguel es un claro ejemplo de la especialización del trabajo técnico que ha tenido la cinematografía chilena en los últimos años. El fotógrafo opta, al igual como lo hiciera para la película Machuca, por utilizar material de 16mm como registro, para luego ampliar a 35mm al finalizar la postproducción. Esta opción tiene un claro sentido estético, que apunta a recrear con mayor similitud, los registros audiovisuales que se tienen de aquella época, la mayoría registrados en 16mm y con negativo blanco y negro. La propuesta de cámara tiene una manifiesta intención: cuando acompaña a los prisioneros, suele ser en mano, buscando ser uno más, mientras que para las escenas de los militares, se mantiene generalmente fija, como encuadrándose con el orden castrense.

El sonido es algo que también llama la atención. Aquí hablamos de un trabajo en conjunto entre Nicolás Hallet y Simone Duardo, parte importante del aporte brasileño como país coproductor de la película. Con gran despliegue tanto para captar el sonido directo, como para recrear con verosimilitud el sonido ambiental en los interiores y de cada espacio físico en que se desarrolla la acción. Si a esto sumamos doblajes, que pasan completamente desapercibidos, para dos personajes de la película que tienen un claro acento portugués, se manifiesta nuevamente, que estamos ante un trabajo de gran factura técnica.


Aparte de la actuación de Cristián de la Fuente y de otras pequeñas puntuales, las actuaciones funcionan de manera bastante convincente. Es cierto que es difícil quitarse de la cabeza al actor Benjamín Vicuña y tratar de imaginarse que es Sergio Bitar, pero de alguna manera la voz en off ayuda a aminorar ese efecto. También se agradece que los papeles de los demás personajes principales, estén interpretados en su mayoría por actores más desconocidos para el público general. Bajo mi punto de vista, Pablo Krög como José Tohá y Luis Dubó como el sargento Figueroa (Malacueva) logran los puntos más altos en cuanto a interpretación.

¿Dónde podrían entonces radicar los principales problemas de la película de Littin, como para que Héctor Soto, uno de los más destacados críticos chilenos opte por no comentar la película en su blog semanal por considerar que "la crítica...le perdona la vida a estrenos donde no pasa nada, como Enemigo público o como Dawson, Isla 10."? La repuesta se esboza con el transcurrir del metraje: En el guión.

Si existe algo en lo que si podemos sentirnos atrasados con respecto a otras cinematografías, es en el rubro de los guionistas. En Chile ha existido la tendencia de que el director es quien debe escribir el guión. Hecho que no tiene por qué ser así. Es más, una de las películas chilenas más exitosas de los últimos años En la Cama, fue escrita por Julio Rojas y dirigida por Matías Bize.

Dawson Isla 10 no tiene un hilo conductor. Sergio Bitar (Vicuña) pareciera ser el protagonista, pero con el transcurrir del tiempo pierde importancia. Las historias paralelas se logran desarrollar escuetamente. Nunca entendemos por qué Abel, el personaje que les da leche y consejos a los prisioneros, se queda en la isla, tampoco el personaje del poeta Aristóteles llega a ningún lugar y así suma y sigue. De hecho, lo más lógico hubiera sido que la película cerrase con la salida de los prisioneros de la isla, que fue lo que realmente sucedió, pero ésta termina en cualquier punto del encierro, pudiera haber terminado diez minutos antes o diez minutos después y no existiría gran diferencia. No es que todas las películas deban tener la estructura aristotélica con un inicio, desarrollo y final, pero una película de estas características, basada en hechos reales, debería al menos, tener un esbozo de aquello y eso, lamentablemente no existe.

A pesar de sus deficiencias, Dawson Isla 10 es una película que sin duda vale la pena ir a ver al cine. En primer lugar, porque es sano para una sociedad debatir los hitos que han marcado su historia reciente y en segundo lugar, porque nos encontramos frente a una película, que técnicamente no tiene nada que envidiarle a las cinematografías extranjeras, lo cual hace que sea muy promisorio el cine chileno que se avecina.