lunes 11 de enero de 2010

Directora chilena Dominga Sotomayor participará en la Residencia de Cannes


Por María José Bello

Con sólo 24 años acaba de ganar el premio de la Residencia del Festival de Cannes para desarrollar en Francia el guión de su primer largometraje De jueves a domingo. Egresó de la Carrera de Dirección audiovisual de la Universidad Católica de Chile el año 2007 y a partir de entonces no ha cesado de cosechar éxitos: ese mismo año realizó un Master de Dirección cinematográfica en la Escac de Barcelona gracias a una beca del Fondo Audiovisual de Chile, sus cortometrajes han sido premiados en diversos festivales nacionales e internacionales y el año 2009 participó en el Talent Campus del Festival de cine de Berlín. La calidad artística de sus obras y el múltiple reconocimiento que han recibido estos cortometrajes (Cessna 2006, Noviembre 2007, Debajo 2008 y La Montaña 2008) la han consolidado como una de las directoras más prometedoras de la escena audiovisual chilena.

Eres la primera mujer chilena que recibe este premio ¿Cómo supiste del programa? ¿Te esperabas recibir este reconocimiento?

Supe por personas que conocí que habían estado en la Residencia. Además, es un programa bastante conocido y me habían recomendado postular. En verdad postulé sin expectativas de quedar seleccionada y estoy bien contenta porque sólo conocía a gente que habiendo tenido éxito con su primera película había ido a trabajar en la segunda; sabía lo difícil que era quedar teniendo sólo cortometrajes. A principios de diciembre tuvimos que ir los preseleccionados a París a una entrevista y después de eso me avisaron que había quedado. El programa es como una beca de creación, es la residencia de la Cinéfondation del Festival de Cannes que invita a 6 cineastas durante cinco meses a convivir a un departamento en París para que escriban su primera o segunda película. Ellos te financian durante esos meses, te generan una red de contactos para el proyecto y además te apoyan para ir a presentarlo a festivales como Cannes y Locarno, entre otros.

¿Cuál es el tema de tu largometraje De jueves a domingo? ¿Hay elementos estéticos que vas a retomar de tus anteriores trabajos?

De jueves a domingo es un viaje de dos niños con sus papás al norte de Chile por un fin de semana largo. Es la mirada distante y fragmentada de los niños de este útimo viaje familiar.
La película sigue en cierta medida la línea de mis cortometrajes; me interesan las historias sencillas, familiares, no siempre autobiográficas pero que sí he podido observar, que me son cercanas. Hay elementos parecidos, las situaciones de pareja, el tema de la propiedad, pero ahora en un solo recorrido.

De jueves a domingo

Elegiste a la directora de fotografía Bárbara Álvarez (Whisky, La mujer sin cabeza) ¿Cómo la conociste y por qué la has elegido?

La conocí hace un año por este proyecto, cuando recién estaba empezando a desarrollarlo. Un amigo uruguayo que conocí en Biarritz me contactó con ella y después fui a Montevideo a conocerla. Nos caímos bien, me gusta mucho su trabajo y además siento que entendió muy bien la idea del proyecto. Me parece interesante que, como el proyecto está planteado desde el punto de vista de los niños, ella pueda también tener desde la fotografía, una mirada nueva y desprejuiciada sobre el paisaje ¿Vas a filmar en digital o en 35 mm? No tengo completamente definido el formato en el que voy a hacer la película.

¿Cuál ha sido el mayor desafío de pasar del formato de cortometraje a la creación de un largo?

En los cortometrajes siempre he tenido mucha libertad, es un formato muy cómodo para probar y equivocarse, además todos los he producido con mis amigos y se podría decir que con nada de presupuesto. El proceso de este largometraje ha sido diferente, me dan ganas de ir y filmarlo pero en este caso y por las características del proyecto, elegí desarrollarlo postulando a fondos e involucrando a más gente. En este momento, mi mayor desafío en el salto de formato es pasar de la estructura de un guión de corto a sostener noventa minutos de película, aunque como primera película siento que uno puede tomar ciertos riesgos, probar formas nuevas.

sábado 9 de enero de 2010

8° Mercado de Cine Iberoamericano en Guadalajara


Les informamos que el Festival Internacional de Cine en Guadalajara llevará a cabo del 12 al 19 de marzo el 8° Mercado de Cine Iberoamericano. Por octavo año consecutivo, esta iniciativa reunirá a destacados productores y compradores de la industria fílmica de todo el mundo, en un escenario propicio para negociaciones e intercambio de ideas, y cuyo principal foco de interés es el mercado Iberoamericano. Este evento se ha constituido ya como uno de los más importantes de la región, dado que representa un escaparate de gran alcance para las producciones cinematográficas en busca de distribución o posibilidad de compra.

Al congregar con fines comerciales la presencia de productores, distribuidores y programadores de la industria audiovisual, el Mercado de Cine Iberoamericano en Guadalajara es uno de los espacios estratégicos más importantes para los sectores de la exhibición y programación cinematográfica.

Este año, el 8° Mercado de Cine Iberoamericano ofrece las siguientes actividades:

Proyecciones de Mercado “Hecho en México”


Videoteca con títulos de la más reciente producción iberoamericana


Área de exposición de la industria audiovisual


Short Up!!!, espacio dedicado al cortometraje en la Industria


Mesas de Negocios con agentes de ventas


Para asisitir a la celebración del 8º Mercado de Cine Iberoamericano; es necesario realizar el registro de Industria a través de la página web a más tardar el día 5 de febrero de 2010: http://www.ficg.mx/industria/index.php


Para mayores informaciones:

mercado@ficg.mx, mercado@ficg.mx

http://www.ficg.mx


Registro de Participantes de Industria: http://www.ficg.mx/industria/index.php

Registro de Películas a Mercado: http://www.ficg.mx/mercado/registros.nueva.publico.php


El Registro de Industria automáticamente garantiza a los participantes la acreditación para el 25 Festival Internacional de Cine en Guadalajara, salvo eventos que requieran previa invitación.


Para la entrega de su acreditación deberá cubrir la cuota a través de la forma en línea y presentar la impresión de su recibo en el módulo de Industria, a partir del 12 de Marzo de 2010 en el Hotel Fiesta Americana Guadalajara.


Cuota de acreditación:

Registro de Industria $750 pesos mexicanos

Registro de Industria + Producers Network: $950 pesos mexicanos


domingo 3 de enero de 2010

Cine y dictadura: una nueva mirada


Por Ignacio del Valle

“Esta película me gustó, no tenía nada que ver con el típico cine chileno que siempre habla de la dictadura”, me dijo hace poco un conocido. Por desgracia, hace mucho que escucho afirmaciones de este tipo; se repiten con la frecuencia propia de un rosario. Hablo del caso chileno, aunque sospecho que sucede algo similar en otros países latinoamericanos. En cierto sentido ocurre lo mismo en España, donde se ha vuelto un deporte criticar el interés que la Guerra Civil despierta en los cineastas. Este tipo de juicio suele venir del público potencial de las producciones nacionales. Subrayo lo de “potencial”, porque el prejuicio al que hago referencia tiende a desaparecer como por arte de magia en aquellas personas que pasan de la potencia a la acción, o por decirlo de otro modo, está menos presente en aquellos que toman la decisión de pagar por ver una película de su país. Ignoro cómo se habrá gestado este dogma, probablemente venga de líderes opinión influyentes pero ignorantes o quizás de críticas desafortunadas de medios generalistas.

Sea como sea, este juicio esconde un planteamiento falaz y le hace daño al cine iberoamericano. En primer lugar habría que dejar en claro que desde un punto de vista cuantitativo los filmes que abordan estas temáticas no ocupan un lugar preponderante en la producción cinematográfica –otra cosa es que tengan más prensa-; en segundo lugar, no está de más dejar en claro por enésima vez que una película puede ser un bodrio o una obra maestra con total independencia de su temática; en tercer lugar, habría que preguntarse por qué se siguen haciendo este tipo de películas, o ni siquiera eso, en realidad lo correcto sería preguntarse por qué esta temática hace que más de alguno tuerza el gesto.

Entre otras muchas cosas, el cine -y el arte en general- sirve como expresión y memoria de las sociedades. Tiene por ello una función especular. Con independencia de la intención de sus creadores, ese espejo a veces se convierte en un verdadero retrato de Dorian Gray: nos muestra la corrupción del cuerpo social, las heridas, los traumas, los anhelos, las obsesiones, los cismas. Dorian Gray escondió su retrato maldito en el ático de su casa para que nadie, ni siquiera él, pudiera enfrentarse a la verdad insoportable de su reflejo. Algo similar hacemos al denostar este tipo de filmes. Al parecer conviene enterrar la memoria en sociedades como las nuestras, obsesionadas con el crecimiento económico, el éxito y la felicidad en tres cuotas y sin intereses.

Podría ser que a fuerza de ver filmes sobre la dictadura el público potencial sufra una verdadera indigestión temática. Quizás. Aunque no deja de sorprender que no suceda lo mismo con las películas de superhéroes, magos y orcos. Tampoco parece producir esta indigestión la muy comentada y promocionada Avatar, a pesar de que el tema que aborda James Cameron no se aleje demasiado del que propuso Georges Meliès en Viaje a la luna, hace nada menos que ciento ocho años.

Lo sé, estoy haciendo trampa, el tipo de público que ve estas superproducciones no es necesariamente el mismo que va a ver filmes sobre las dictaduras (aunque en muchos casos sí es el que los critica). También debo reconocer que en cada caso el concepto de espectáculo es muy distinto. Puede que a alguien le siente mal que compare a Avatar con la obra de Meliès: ciertamente el tratamiento de ambos filmes es absolutamente distinto y los medios de que disponen están a un siglo, literalmente, de distancia. Sin embargo, meter en el mismo saco Avatar y Viaje a la luna es tan reductor como utilizar la misma etiqueta para calificar todos los filmes que abordan el tema de las dictaduras latinoamericanas.

La forma de abordar este drama ha variado, el punto de vista también. Una serie de guionistas y de directores jóvenes han decidido revertir la mirada para abordar este periodo histórico: asistimos a historias donde el acento está puesto en la infancia. Los protagonistas son niños cuyas vidas se ven trastocadas por la dictadura –en muchos casos los filmes se inspiran en vivencias personales- y la represión militar aparece como una amenaza que se cierne sobre sus familias o como un telón de fondo determinante. Por ello la focalización abandona la tradicional omnisciencia para adoptar una mirada inocente que no alcanza a comprender lo que sucede. Es, a fin de cuentas, el punto de vista de cineastas que pertenecen a una generación que, sin ser protagonista de los procesos revolucionarios y de los subsiguientes golpes de estado, se vio involucrada en ellos, y ahora cuestiona aquello que marcó su infancia y, a veces, obligó a redefinir sus identidades desde el exilio. Con distintos matices este el caso de filmes como Machuca (Andrés Wood, Chile, 2004), Postales de Leningrado (Mariana Rondón, Venezuela, 2007), Paisito (Ana Díez, con guión del uruguayo Ricardo Fernández Blanco, España - Argentina – Uruguay, 2008), Agnus dei (Lucía Cedrón, Argentina, 2008), y en cierto sentido Kamchatka (Marcelo Pyñeiro, Argentina-España, 2002). Este tipo de filmes dejan atrás el cine del gran gesto social de realizadores como Solanas, Guzmán o Helvio Soto (con todas sus virtudes y defectos). La apuesta actual es privilegiar la pequeña historia por sobre el gran cuadro histórico, hablar desde lo menor para poder reinterpretar lo mayor. ¿Cine y dictadura? Sí. Claro que sí. Pasen y vean.

domingo 1 de noviembre de 2009

Lecciones del Festival de Cine de Valdivia: Diversidad, abundancia y la consolidación del cine chileno de autor


Por Felipe Bello

Hace una semana finalizó el 16° Festival Internacional de Cine de Valdivia. Si bien es cierto que el Festival de Cine de Viña del Mar es el más antiguo del país (data de 1967) y que en los últimos años el Festival de Cine b y sobretodo el Sanfic (Festival de Cine de Santiago) se han consolidado como festivales importantes, el certamen valdiviano sigue siendo el más influyente en cuanto a tendencias nacionales y latinoamericanas.

Desde 1999 he asistido a este festival de manera ininterrumpida, por lo tanto lo primero que llamó mi atención al recibir la programación de este año, fue la gran presencia de largometrajes nacionales. No recuerdo otra edición del Festival, en que la cinematografía local estuviera tan profusamente representada. Tal vez el año que más se le asemeje sea la edición del año 2005, donde se reinstaló el concepto del “Nuevo Cine Chileno”, término ya utilizado para el cine nacional de finales de la década de los 60’s, a partir de la exhibición de las películas En la cama de Matías Bize, La Sagrada Familia de Sebastián Lelio, Play de Alicia Scherson, Mi mejor enemigo de Alex Bowen y en menor medida de Se Arrienda de Alberto Fuguet.

Día 1 Ceremonia de Apertura: Ilusiones Ópticas

El primer día de Festival contempla sólo la exhibición de un par de películas en el curso de la tarde, que en realidad sirven para terminar los ajustes de la ceremonia inaugural. Este año los encargados de dar el vamos fueron Alvaro Rudolphy y Valentina Vargas, ambos protagonistas de la película llamada a abrir el certamen: Ilusiones Ópticas del director Cristián Jiménez.

Ilusiones Ópticas transcurre casi íntegramente en la ciudad de Valdivia. Por primera vez el Festival se inaugura con un filme que se desenvuelve en la ciudad que lo alberga. Jiménez, valdiviano y sociólogo de profesión, se propone contraponer los cambios que experimenta la ciudad con la vida de sus habitantes, que asumen estas diferencias desde los discursos que se han instalado desde la macro cultura. Es así como personajes de distintas clases sociales y con diferentes aspiraciones, se entrecruzan para tratar de dar cuenta de cómo los ciudadanos de la región, asumen los cambios culturales que les impone la sociedad actual.

El mosaico de personajes y el tipo de humor empleado recuerda al cine de Wes Anderson (Los Excéntricos Teneenbaum, La Vida Acuática de Steve Zissou), pero sin lograr construir personajes empáticos, que pese a sus rarezas, logren cautivar de manera convincente al espectador. En el plano de la propuesta fotográfica, a cargo de Inti Briones, se reconocen las influencias de Aki Kaurismäki (Un hombre sin pasado). El plano fijo, la geometría del encuadre, la frontalidad, la poca profundidad de campo y la parte por el todo, es decir encuadrar un escritorio con un computador, para dar cuenta de una oficina más grande, aparecen como recursos estéticos habituales en esta película.

A pesar de ser un filme muy propositivo, creo que le falta conexión con la ciudad en que transcurre. Finalmente el que Valdivia sea el telón de fondo sobre el cual se desenvuelve el argumento, pasa a ser casi una anécdota. En los personajes tampoco encontramos nada propio de los valdivianos, parecen ser más bien personajes impuestos en un contexto que no les pertenece, que no les es propio. Aún así, no deja de ser un buen aporte, para la diversidad de cine chileno que se está produciendo actualmente.

Día 2: La arremetida del cine nacional

A partir del segundo día, la programación del festival se despliega como una carta de menú, en donde el espectador puede escoger lo que quiere consumir. Las posibilidades que se ofrecen en esta oportunidad son muy diversas e irremediablemente entra en juego el no siempre bien ponderado criterio subjetivo del “gusto”. Es así como este año destacan -más allá de la selección oficial- la clase magistral y retrospectiva de la obra del animador norteamericano Bill Plympton; una muestra de cine francés relacionada con mayo del 68’, denominada Ecos del 68; una retrospectiva de la obra del documentalista Ignacio Agüero y el estreno de Nucingen Haus la última película de Raúl Ruiz.

Mi jornada empieza a las 11:30 en la Sala Juan Downey del MAC con Lejos de Vietnam, particular película filmada a mediados de la década de los 60’s por los más destacados directores de la nueva ola francesa, con la excepción de Truffaut. Es así como a partir de una idea de Chris Marker (La Jetée, Sans Soleil), directores como Jean-Luc Godard, Alain Resnais y Claude Lelouch entre otros, crean 12 segmentos documentales, experimentales y ficcionales en relación a Vietnam. La película funciona de manera dinámica, pasando de una obra a otra, sin que se note una fragmentación, como suele ocurrir en este tipo de obras que aglomeran a muchos directores. De alguna manera funciona de manera orgánica, eso sí dejando en claro el sello y el estilo personal de cada director. Este rasgo de diferenciarse de los demás en la manera de hacer cine es fundamental para el cinematografía francesa de esta época, llegando a constituir una clasificación particular: “cinéma de auteur” o cine de autor, en desmedro de las películas que obedecen a criterios de producción y a estándares más convencionales. Sin lugar a dudas, Lejos de Vietnam, es un muy buen referente de este multifacético período del cine francés, muy distinto a la realidad actual de la cinematografía de ese país.

Al caer la tarde me traslado al Aula Magna para el estreno de Mandrill, la tercera producción de la dupla Marco Zaror - Ernesto Díaz. El primero, como protagonista exclusivo de las películas dirigidas por Díaz (Kiltro, Mirageman). Por lo general no soy un asiduo a los filmes de acción y artes marciales, pero desde la primera película de esta dupla, los he seguido con atención, tanto por parecerme que tienen una convicción plena por un género que no tiene antecedentes en la cinematografía de nuestro país, como por reconocer el potencial creativo de su trabajo. Fiel a su estilo, la historia nos presenta al personaje interpretado por Zaror, como un caza recompensa que quiere vengar la muerte de su padre (otro caza recompensa). Es así como a partir de las enseñanzas de su tío y de la serie favorita de su padre (John Colt, una versión estilo Batman de los 60’s de la vida de un James Bond de segunda) lo harán emprender el viaje del héroe en busca de la venganza. Guardando las proporciones de la comparación, la película recuerda a ratos a Kill Bill tanto en su estructura dramática que -a través de numerosos flashbacks al momento traumático de la infancia- nos va develando paulatinamente información acerca del pasado del personaje; como en la paralización de la imagen con el consecuente teñido de ésta en los momentos cúlmines.

La película presenta desde sus inicios una gran factura técnica. La mezcla sonora resalta los golpes y la voz estereofónica del protagonista, además de una música que nos recuerda constantemente las series norteamericanas de acción de las décadas de 1960 y 1970. La dirección de fotografía y cámara a cargo de Nicolás Ibieta colorea las escenas dependiendo del estado interior del protagonista, frías y verdosas para el pasado y cálidas en el momento de interactuar con la mujer de la cual se enamora. También destacan los movimientos de cámara, utilizando mucho dolly, pluma, grúa y grips, los que la hacen ver como la mejor de las películas norteamericanas de acción. Por último, no deja de ser llamativo, el que una gran parte del metraje transcurra en Lima, una ciudad tan cercana a Santiago, pero que no había estado presente en ninguna película chilena anterior. Mandrill es sin duda mejor que sus predecesoras, pero sigue formando parte del conjunto, podemos reconocer en ella una serie de operaciones formales y narrativas que se han ido puliendo, en otras palabras podemos reconocer al autor o a los coautores (Zaror-Díaz) en cada una de sus obras.

Para finalizar la jornada me dirijo al Cine Movieland a ver Navidad, el segundo largometraje de Sebastián Lelio (La Sagrada Familia). Creo que siempre es difícil después de hacer una muy buena película, atreverse a realizar la siguiente. Para mi gusto, un ejemplo de esto es Andrés Wood, quien tardó cuatro años para hacer La buena vida, después del éxito de Machuca. Algo similar ocurre en caso de Sebastián Lelio, quien tras el éxito de su primer largometraje se dio un par de años para realizar su próximo proyecto. Iba un poco prejuiciado a ver esta película, porque había durado poco en las salas de cine y porque no había escuchado muchos comentarios al respecto, sin embargo me sorprendí.

Sebastián Lelio vuelve a poner el acento en los personajes y en las relaciones que se ocultan bajo la apariencia. En este caso no se trata de hacer un gran discurso crítico de la familia chilena, sino de tomar un micro mundo, el de una pareja de pololos (novios), para hablar de muchos temas que circundan a la sociedad chilena actual. Al igual que en su opera prima, destacan con mucha fuerza las interpretaciones de los actores. Otra vez Manuela Martelli convence con gran destreza y los debutantes en la pantalla grande -Alicia Rodríguez y Diego Ruiz- aportan complejidad y verosimilitud con sus actuaciones. La propuesta fotográfica sigue siendo la cámara en mano, pero ahora mucho más controlada que en su debut. Otro punto que llama la atención es la banda sonora que de alguna manera evoca a su primer film. Todos los elementos anteriormente expuestos, hacen que uno identifique a Navidad con La Sagrada Familia, no como una copia o como una segunda parte, sino como partes distintas de un mismo cuerpo, en otras palabras, se puede reconocer la mano de Sebastián Lelio como el director de ambas obras.


martes 13 de octubre de 2009

Mi vida con Carlos


Mi vida con Carlos / Germán Berger Hertz / Chile-España / 2008 / 81 minutos / Premio del jurado al mejor documental y premio del público, Festival de Cine Latinoamericano de Biarritz 2009.


Por María José Bello

Son las 9 de la mañana en el auditorio del Casino, lugar de proyección de la competencia documental del Festival de Cine Latinoamericano de Biarritz. Más de cien escolares franceses asisten junto a sus profesores de español al primer pase de Mi vida con Carlos, documental del director chileno residente en Barcelona, Carlos Berger. Los jóvenes se instalan en el segundo piso del auditorio y yo paso a sentarme en el primero junto al resto del público general. Unas 200 personas asisten a la función. La sinopsis presenta esta historia como "el viaje de un hijo en busca de la memoria de su padre asesinado en dictadura". Pienso que es impresionante el interés que existe en Europa por las temáticas relativas a las dictaduras latinoamericanas y la importancia que se les da a éstas en la formación de los estudiantes desde muy temprana edad. Pienso también que en Chile estamos a años luz de este proceso, sobre todo a nivel del tratamiento de este periodo histórico en clases. No me imagino a cuatro profesoras llevando un día martes a las 9 de la mañana a sus alumnos a ver un documental sobre los estragos de la dictadura de Pinochet. Sin quitarle mérito a lo que me toca presenciar, relativizo la situación pensando que siempre es más fácil analizar, juzgar y estudiar la historia ajena, y que los franceses tienen muy poco asumidos episodios propios como la guerra de Argelia y menos aún temas contemporáneos como la falta de integración de los inmigrantes y la segregación y la violencia que este fenómeno conlleva.

Comienza el documental y los estudiantes se mantienen atentos a la historia de Germán, chileno de 37 años, hijo de la abogada Carmen Hertz y de Carlos Berger, asesinado cuando el realizador tenía un año de vida. La película se hará acreedora del premio del jurado al mejor documental y del premio del público al mejor documental del certamen francés, una semana después de este primer pase ante el público.

Mi vida con Carlos combina dos cualidades que cautivan al espectador desde el comienzo: la emotividad del guión y la calidad cinematográfica. Estamos ante una historia personal, sincera, profunda. Hay alusiones a la dictadura y a los procesos históricos, pero lo importante es lo que ocurrió en el seno de una familia luego del golpe de estado y cómo se puede sobrellevar el hecho de crecer sin conocer a su padre.

La película entera es un proceso de introspección y de búsqueda, un duro, pero sanador recorrido por el pasado que permitirá al director confrontarse a sus fantasmas y contribuir a la construcción de la memoria familiar, así como también a la memoria de todo un país. Y pese a la melancolía que atraviesa el relato, encontramos también una esperanza, un mensaje redentor que se sustenta en la capacidad de superación de la adversidad por parte del protagonista.

El documental cuenta con una dirección de fotografía impecable a cargo de Miguel Littin Menz. La imagen es cuidada, poética, sugerente. Los videos y las fotografías de archivo se integran perfectamente en un relato narrado desde el presente, un presente en el que algunos de los personajes del pasado ya han partido, y otros se han quedado para hablar y recordarlos.

domingo 4 de octubre de 2009

La muerte como parodia


Cinco días sin Nora / Mariana Chenillo / México / 2008 / 92 minutos / Premio al mejor largometraje, Festival de Cine Latinoamericano de Biarritz 2009

Por María José Bello

Cinco días sin Nora -la ópera prima de la directora mexicana Mariana Chenillo- se hizo acreedora en el día de ayer del premio “Abrazo” al mejor largometraje del Festival de Biarritz 2009. En la competencia del certamen participaban diez largometrajes latinoamericanos, de los cuales siete eran primeras películas. Durante la presentación de su filme en Biarritz, Chenillo explicó que es una historia en gran parte autobiográfica, basada en el suicidio de su abuela. Y que como se trata de un tema difícil, le pareció que la mejor manera de abordarlo era a través del humor.

El filme comienza con la muerte de Nora, una mujer de edad avanzada que vivía sola en su departamento. El primero en encontrar el féretro es Juan, su ex-marido, de quien se había separado hace más de veinte años. A éste parece no importarle lo que acaba de descubrir, es casi como si lo hubiera estado esperando. Luego sabremos que Nora había llevado a cabo una seguidilla de intentos de suicidio tras años con depresión. Deseaba morir desde hace mucho, y en esta ocasión estaba segura de lograrlo por lo que dejó todo preparado para su entierro que se realizaría en las festividades judías de Pésaj.

La llegada de un rabino al departamento con el propósito de ayudar a que el entierro se lleve a cabo según las tradiciones judías, generará un punto de quiebre en la trama. A partir de entonces Juan hará todo por oponerse a la voluntad del rabino y luchará por llevar a cabo el sepelio como él quiere, aunque esto le lleve a confrontarse con su hijo y buena parte de la familia.

En un encuentro con el público Mariana Chenillo señaló que su película ha tenido una buena acogida en México donde se estrenó hace dos semanas en salas comerciales. Sin embargo, comenta que la lectura del público y de la crítica se ha centrado mucho en el tema religioso y que si bien es algo que está presente a lo largo y ancho de la historia, es un pretexto para abordar la relación de Nora y Juan. Su historia de amor, separación y reconciliación tras la muerte de ella.

La película cuenta con una muy buena calidad técnica, pero peca de convertirse a ratos en teatro filmado. Como el 90% de la historia ocurre en un mismo departamento, resulta un desafío lograr una riqueza en el trabajo de cámara. Y pese a que Chenillo trabaja el fuera de campo, genera algunos recorridos por los pasillos, etc, la mayor parte del tiempo sólo recurre al plano y contraplano. Otro pequeño reparo se puede hacer en términos de guión. Si bien el filme tiene muchos momentos divertidos, no pasan de ser momentos. La atención se mantiene gracias a estas situaciones absurdas y contradictorias que van apareciendo en el transcurso del metraje, y también gracias a los diálogos y a las confrontaciones entre los diferentes actores de la historia, pero falta un hilo conductor más fuerte, una mayor profundidad o verdadera transformación de cada personaje, para evitar que algunos de ellos se encuentren al límite del estereotipo.

Cinco días sin Nora es una película intimista que cobra universalidad al revelar los típicos dramas familiares. Es una historia trágica y divertida, dulce y agraz. Un velorio, al igual que los demás ritos de la vida, es un momento en el que afloran las diferencias religiosas, las deudas del pasado, los secretos. Se trata de un encuentro que rápidamente se convierte en desencuentro, para finalmente encontrar un equilibrio final.

A la espera de un milagro

El cuerno de la abundancia / Juan Carlos Tabío / Cuba-España / 2008 / 117 minutos /Premio del público Festival de Biarritz 2009

Por Ignacio del Valle

Juan Carlos Tabío la considera una película “muy triste” y, sin embargo, la audiencia que llenaba la enorme sala de la Gare du Midi, la noche de la inauguración del festival de cine latinoamericano de Biarritz, rió a carcajadas durante buena parte de la proyección de El cuerno de la abundancia; razón por la cual no dudó en otorgarle el premio del público al largometraje cubano. Una acogida algo menos entusiasta, pero igualmente risueña tuvo el filme hace seis meses en la noche de clausura de los Rencontres Cinémas d’Amérique Latine, en Toulouse. En el Festival de la Habana la suerte también sonrió a Tabío, pues su última película contó con la acogida calurosa del público.

Si su objetivo fue llegar al corazón de la audiencia, Tabío puede estar más que satisfecho. Y, sin embargo, los motivos de su éxito parecen abrir paso a una aparente contradicción: el público ríe allí donde el realizador prefiere entristecerse. Pero el cubano le quita hierros al asunto de la manera más humilde posible: afirmando, como lo hizo en Biarritz, que un director quizá no es quien mejor entienda su propia película.

Más allá de sus palabras, la razón de esta “contradicción” entre los sentimientos del realizador y los del público habría que encontrarla en la película misma. Aunque El cuerno de la abundancia ha sido concebida en clave de comedia, esconde un mensaje profundamente amargo, el de una colectividad que se aferra a la más pueril de las esperanzas para salir de la miseria. Una comunidad que ve caer del cielo un milagro que parece prometerles ese porvenir mejor que la vida cotidiana les niega. Un futuro donde los muros de sus casas no se caigan a pedazos, donde padres e hijos no tengan que dormir en la misma habitación, donde el aceite no sea escaso, donde los niños no usen zapatillas rotas. Una Cuba, en suma, donde las estrecheces se terminen a pesar de la existencia de embargos y regímenes eternos.

La llegada de un aparente milagro que se vuelve una espada de doble filo, ha sido tratado con anterioridad en otra película latinoamericana, El baño del papa (Uruguay, 2007). El filme de César Charlone y Enrique Fernández tiene indudables similitudes con El cuerno de la abundancia, pero si en El baño… el esperado “milagro” –qué apta es la palabra en este caso- viene de la mano de una visita de Juan Pablo II a una ciudad de Uruguay, en la Cuba más o menos laica de Tabío ese milagro toma la forma de una herencia inesperada. Quizá lo más triste de los dos filmes sea que, en ambos casos, se trata de historias basadas en la vida real. La familia Castiñeiras de El cuerno de la abundancia recibe la noticia de que hay una antigua fortuna de tiempos de la Colonia de la que son herederos y se lanza al dudoso proyecto de reclamarla. Con otros apellidos, el mito de la herencia millonaria, ha rondado por Cuba desde la década de los cuarenta. Y lo que es más increíble, Juan Carlos Tabío durante el rodaje de la película recibió llamados telefónicos de supuestos “herederos” y una que otra amenaza.

La materia prima del filme –esa historia absurda, amarga y real- podría haber dado pie para un filme cáustico, ácido, quizás incluso corrosivo. Un retrato grotesto y patético (“grotético” como diría Pino Solanas) de una sociedad que ha perdido la esperanza. Pero Tabío desecha esa posibilidad y opta por una comedia simplona, fácil, cuajada de obviedades. El filme se construye a partir de exageraciones y personajes planos (salvo el principal, encarnado por Jorge Perugorría). En la película campean a sus anchas las secuencias saturadas de actores que gritan al borde de la histeria y están a punto de caer –y de hecho caen- en los abismos del sketch. A ello hay que añadirle una larga seguidilla de escenas de cama y de actrices que enseñan sus encantos a la cámara a la primera ocasión. Y también a la segunda, tercera y cuarta. No quiero que se me malinterprete, no se puede sino defender la riqueza que puede otorgarle un desnudo al cine, cuando está bien empleado. Sin embargo aquí el cuerpo se vuelve soso y todo intento de erotismo o picardía se hunde en una simpleza rampante que termina por producir cierto hastío. Algo similar a lo que sucedía con esas comedias pseudo-eróticas del destape español, a fines de los años setenta.

En último término el problema no está en el desnudo en sí, ni tampoco en la idea original del filme. El problema de El cuerno de la abundancia radica en que se nos da todo masticado, no se nos sugiere nada y no se tiene ninguna confianza en la inteligencia del destinatario. Es esta obsesión por la obviedad, sin duda, la que lleva a Tabío a desterrar de su filme el fuera de campo. En El cuerno de la abundancia todos los elementos importantes aparecen indefectiblemente delante de la cámara, en el campo visual. La porción de espacio que la cámara no capta carece de importancia para el realizador, para el mundo que narra y para sus personajes. La consecuencia es un filme compuesto de escenas centrípetas, frontales e incluso cerradas, que recuerdan a una mala obra de teatro o a una telenovela.

Jean-Christophe Berjon, el director artístico del Festival de Biarritz, presentó a Juan Carlos Tabío como el más importante director cubano actual. No se trata en absoluto de una exageración, aunque habría que incluir también a Fernando Pérez. Berjon nombró dentro de la filmografía de Tabío dos películas fundamentales: Guantanamera (1995) y Fresa y chocolate (1993). Lo que no se mencionó en ese momento, aunque sí se haría después, fue que esos dos filmes fueron codirigidos por Tabío junto al gran Tomás Gutiérrez Alea. La verdad es que comparar El cuerno de la abundancia con Guantanamera o con Fresa y chocolate sería un ejercicio de una crueldad insoportable. Tomás Gutiérrez Alea –Titón o mejor dicho titán- ya no está con nosotros y Tabío se encuentra muy lejos de la calidad que alcanzó con esos filmes. Es de esperar que el cine cubano consiga mantener la herencia dejada por realizadores desaparecidos como Titón, como Humberto Solás (cuyo filme Lucía es citado en El cuerno de la abundancia), como Sara Gómez, Santiago Álvarez y tantos otros. Sería lamentable que el camino abierto por ellos se pierda y que una cinematografía tan rica como la cubana se hunda. Sería lamentable, en fin, que los cineastas cubanos terminen al igual que la familia Castiñeiras esperando un milagro para poder resurgir de las cenizas y recobrar el inmenso tesoro que les dejaron sus antepasados.