martes, 11 de agosto de 2009

La cámara oscura: no te mires los zapatos


Por Ignacio del Valle

¿Se ha mirado alguna vez los pies mientras le toman una foto? Probablemente no. Lo más seguro es que sus ojos se posen en el objetivo de la cámara y que sonría. Sin embargo, imagínese que desde su más tierna infancia su madre le haya enseñado a bajar la cabeza cuando alguien lo va a fotografiar. ¿Por qué? Porque lo encuentra feo. Tal vez su madre sea cruel, pero, para ser sinceros, no va muy descaminada: usted es feo. Y está convencido de ello, como Gertrudis, la protagonista de La cámara oscura, la última película de la argentina María Victoria Menis.

Por fortuna, Gertrudis nació mucho antes del acoso orquestado por Facebook. Su parto -que la película retrata con una rapidez sumaria- se da sobre la pasarela de un buque que acaba de atracar en Buenos Aires, en el último decenio del siglo XIX. Los padres de Gertrudis son una pareja de judíos ruso alemanes que van a probar suerte en Argentina. Debido a su fealdad, la vida de la protagonista, instalada en Entre Ríos, se sucede desde la infancia hasta la edad madura, más bien alejada de los círculos sociales. Pero la realidad de esta mujer tímida y retraída cambiará con la llegada de Jean Baptiste: fotógrafo francés y príncipe azul que, premunido de distintos focales, sabrá descubrir la belleza de la mujer.

A lo largo del film María Victoria Menis se encarga de repetir en distintos diálogos, el mismo mensaje: “la presencia de Dios se muestra a través de la belleza de las cosas”, dice el profesor de Gertrudis cuando ella es una niña. “Las cosas no son siempre lo que parecen”, agrega el fotógrafo treinta años después, para hablar, en otro momento, del “arte surrealista” que busca una “nueva forma de belleza en lo oculto” (¡pobre Breton, qué cerca lo han dejado de El principito…!). Esa belleza es y está en Gertrudis, siempre contemplativa y tímidamente extasiada por la belleza del campo, por las flores de su huerto, por sus libros de poesía. Una belleza que, como es evidente, nadie en su familia aprecia.

La cámara oscura está basada en un relato homónimo de la prolífica escritora argentina Angélica Gorodischer. La película cuenta con algunos aciertos, quizás el mayor de los cuales sea el papel de Mirta Bogdasarian como Gertrudis: es sorprendente el trabajo que hace con la mirada, más aún tratándose de una actriz de teatro que debuta en el cine con este filme. Sin embargo, pese a sus notas altas, La cámara oscura difícilmente habría trascendido los circuitos comerciales de su país, de no tratarse de una coproducción franco argentina. Después de estrenarse en Buenos Aires en octubre de 2008 –y de hacer el obligado circuito de festivales-, el filme acaba de aparecer en las pantallas francesas.

Para retratar el mundo de los terratenientes de Entre Ríos, a principios del siglo XX, María Victoria Menis lleva a cabo una puesta en escena que recuerda al Pialat de Van Gogh (1991), sobre todo por la claridad de los exteriores, la abundancia de luz blanca en las escenas diurnas, la utilización de una amplia gama de colores pasteles y por una dirección de arte que, como en Van Gogh, pone el acento en las porcelanas, las tacitas, las palanganas, las amplias camisas de franela y los vestidos impecablemente planchados. Menis construye el mundo de sus personajes con meticulosidad y realismo; un realismo desmentido quizá, por el hecho de que la gente no transpire y la ropa apenas se manche tras una larga jornada en los campos. En medio de ese ambiente, Gertrudis destaca como una nota disonante: morena, poco agraciada y vestida de negro.

La cámara oscura es uno de aquellos filmes donde –a riesgo de caer en categorías demasiado literarias- se diría que la descripción se impone por encima de la narración. La trama, muy sencilla, se filtra, se insinúa, se va colando poco a poco, por entre largas secuencias que retratan las pequeñas labores del día a día y los rituales de la vida en familia. El ritmo de la película es pausado, pretende hacerse eco de ese otro ritmo cansino, propio del mundo rural de los albores del siglo pasado. Quizás por ello, no sea de extrañar que Menis se tome veinte minutos para contar lo que otro habría despachado en cinco o que el personaje del fotógrafo francés (el detonante del cambio) aparezca recién hacia el minuto cuarenta. El énfasis descriptivo del filme lo lleva a profundizar en una seguidilla de anticlímax y a rehuir, atenuar o a postergar, con cierto pudor, el clímax dramático al que, sin embargo, la directora sí acabará por sucumbir.

Con todo, Menis introduce a lo largo de la narración distintos elementos que resquebrajan el universo costumbrista y que sirven para reforzar algunos aspectos de las personalidades de Gertrudis y Jean Baptiste. Se trata de al menos cuatro recursos visuales que invaden la pantalla: las fotos en blanco y negro donde la protagonista ha ocultado su cara a lo largo de los años; las fotos que ha tomado Jean Baptiste en distintos lugares del mundo; una larga animación donde se refuerza el tema de la belleza oculta, al hacer de la niña Gertrudis un gusano que se vuelve mariposa; y por último, un pasaje “surrealista”, que refleja las inquietudes estéticas del fotógrafo francés y que sirve como metáfora del amor entre la pareja protagónica.

Este pequeño extracto, que es mencionado como “filme surrealista” en los créditos, parece muy lejos de Dalí o de Buñuel y está probablemente inspirado en los fotomontajes dadá, en el desnudo femenino de Le retour à la raison de Man Ray o incluso en ciertos pasajes de Le ballet mécanique de Fernand Léger. Sin embargo, el pequeño filme ha sido despojado de todo el interés por la máquina, el progreso, la deconstrucción y el movimiento, de toda la ironía y la irreverencia que caracterizaron a las vanguardias de principios del siglo XX. Es más bien un extracto romántico, inocuo y algo dulzón, un eco del sensible Jean Baptiste. Es, por ello mismo, que este extracto no se cuela en el film como una nota disonante –de vanguardia-, ni altera en lo más mínimo el ritmo de la narración. Un ritmo que consigue construir en general una película ligera, suave, de buena factura y que no exige nada del espectador. La cámara oscura termina por ser como un álbum de fotos de estudio. La composición es correcta, pero no hay nada perturbador. Al cerrarlo las imágenes se confunden en nuestra mente, no hay ninguna que destaque, no hay ningún rasgo que sobresalte, ningún gesto que intrigue o que divierta: no hay nada nuevo bajo el sol.

2 comentarios:

El chico con los cordones desabrochados dijo...

Genial comentario de la película, besos.

Camila dijo...

Las películas son mi debilidad y por eso trato de ver mucho cine cada vez que tengo la posibilidad. Hace poco me compre en fravega un reproductos de DVD para ver en casa películas que no encuentro en el cine