martes, 8 de marzo de 2011

Huracán Molina


Por Ignacio del Valle D.
Molina's Ferozz / Cuba / 2010 / 72 min

El público tarda un momento en reaccionar cuando los créditos del final de la película comienzan a desfilar en la pantalla del cine 23 y 12 de la Habana. Algunos, parapetados en sus butacas, intentan aplaudir, pero a los pocos segundos su escaramuza queda trunca ante el silencio cortante del resto de la sala. Casi nadie habla. Si no fuera por la oscuridad quizás se hubiera visto alguna mirada censuradora y, sin duda, muchos rostros atónitos. ¿Qué ha pasado en los últimos 72 minutos? ¿Qué extraño fenómeno ha enmudecido al público cubano, el más activo y parlanchín de América Latina?

Lo que ha pasado se llama Molina’s Ferozz.

Jorge Molina es el responsable de esta osadía, su primer largometraje. No es un recién aparecido en el panorama cubano. Una serie de cortometrajes como Molina’s Culpa (1992), Fría Jennie (2000), Molina’s Solarix (2004) y Molina’s Mofo (2008) le granjearon con anterioridad fama de enfant terrible del cine independiente de la isla. La autorreferencia de los títulos puede leerse como un guiño burlesco, y permite englobarlos en una suerte de saga delirante. El propio Molina oficia de protagonista en varios de ellos. Su faceta de intérprete no se limita estas obras, ha actuado en películas de Julio García Espinosa, Fernando Pérez y Daniel Díaz Torres.

Títulos aparte, Molina’s Ferozz tiene en común con los cortometrajes de Jorge Molina un espíritu abiertamente irreverente, una búsqueda declarada por provocar al público, perturbarlo e incomodarlo. A ello se une una voluntad férrea –ferozz- a la hora de explorar, sin falso pudor, los límites del erotismo, la sensualidad y la violencia. Quizás la única temática presente en el resto de su obra y que no aborda aquí sea la crítica a los medios de comunicación masiva.

Con todo, Molina’s Ferozz es más consistente y está mejor concebida que sus cortometrajes. El filme es un carpetazo al flirteo que entablan desde hace años algunos realizadores latinoamericanos con la pornomiseria y el realismo folklorizante. La forma en que Molina concibe este duelo con el establishment no deja de llamar la atención: Molina’s Ferozz es una reinterpretación de La caperucita roja, ambientada en el campo cubano, en una época indeterminada. El realizador despoja al clásico de Perrault de todos los elementos que podrían satisfacer a Disney y ahonda en las pulsiones soterradas, obscuras y latentes, que encierra un cuento bastante menos infantil de lo que podría pensarse.

El imaginario que construye Molina se adentra en lo burlesco, en la picaresca y en lo grotesco. El realizador incorpora, además, elementos de la santería cubana y de la religión cristiana –la culpa es uno de los motores de la trama-, que conjuga con mitos populares como el cagüeiro, -un hombre-bestia que acecha de noche en los campos cubanos-. Pero Molina’s Ferozz va más allá. Quizás lo que pueda resultar más perturbador en el filme, sea que aborda sin rodeos temáticas tan polémicas como la autoflagelación, el incesto o la violación y que dedica una escena a un tema tan tabú como lo es la zoofilia. Imágenes que hacen venirse abajo, como un castillo de naipes, las caretas de la pacata moralina -que no de la verdadera moral, ésa que no se esconde tras ritos vacíos ni códigos anquilosados-. Todo ello, dicho sea de paso, lo logra con un dejo irónico y endiabladamente humorístico.

A pesar del rol marcadamente sexual que asigna a sus personajes femeninos, Jorge Molina se defiende de quienes lo llaman misógino. En la X Muestra de Cine Joven del ICAIC –donde el filme se presentaba fuera de competencia- afirmó que ni conoce ni le interesa el significado de esa palabra. El concepto políticamente incorrecto tampoco parece estar (afortunadamente) en su vocabulario.

Para encontrar un antecedente de Molina’s Ferozz en el cine latinoamericano, habría que remontarse probablemente al tropicalismo brasileño de fines de los años sesenta. En efecto, Molina’s Ferozz debe mucho a Macunaíma (Joaquim Pedro de Andrade, 1969). El colorido, el vestuario, la dirección de arte y el tono un poco siniestro del filme cubano recuerdan los primeros pasajes de esa obra maestra. Por otro lado, tanto el personaje de la madre de Macunaíma como la abuela de Molina’s Ferozz son interpretados por un hombre. También pueden encontrarse en el filme ciertos guiños a La Bestia (1975) de Borowczyk -a quien por lo demás está dedicada la película-, a Botticelli y al Cristo masoquista que concibe Buñuel en Nazarín (1959). El talento de Molina, en todo caso, reside en saber huir del pastiche para hacer un filme original, que no se queda en la mera citación.

Jorge Molina llega a su primer largometraje tarde, con más de cuarenta años, como desgraciadamente les ha sucedido a otros muchos cineastas cubanos. En el caso específico de este realizador, la razón radica en la falta de financiamiento. A pesar de su excelente factura técnica, donde destaca particularmente la fotografía, Molina’s Ferozz se realizó en apenas dos semanas, en digital, con un equipo que no llegaba a las treinta personas y un presupuesto de 10.000 dólares que habían sido asignados para lo que originalmente iba a ser un cortometraje. Molina se inscribe, pues, en la larga lista de latinoamericanos que se ven obligados a hacer de la penuria económica un estímulo para la creatividad.

Es de esperar que las películas de Jorge Molina puedan trascender las fronteras de Cuba. Su cine quizás produzca en algunos un rechazo visceral, pero ello se debe a su mayor virtud: Molina ahonda en lo más inquietante de la condición humana hasta conseguir estremecernos. Molina’s Ferozz sorprende desde el grito que le da inicio hasta los gruñidos con que termina. Sí, como resulta evidente, el cine cubano necesita urgentemente aires nuevos, Molina’s Ferozz le propone un huracán.

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